El arcángel San GabrielEl ángel del nacimiento
“...Eduardo se acercó a observar el nacimiento. La verdad sea dicha era que Emilio tenía razón: no había quedado mal del todo. Miró la cuna de paja vacía, y el buey y la mula. Entonces se fijó en el ángel; un ángel hermoso, quizás algo pequeño. Lo cogió con las dos manos y estuvo observándolo durante unos minutos; luego lo dejó en su lugar, en lo alto del portal, semejando decir a los pastorcitos que a él se acercaban: “Hosanna en los cielos. Venid a adorar a Dios hecho hombre. Hosanna en los cielos”.
- Es Gabriel, ¿recuerdas?.- le dijo a Esperanza.
- ¿Quién es Gabriel?.
- El ángel. Me lo regaló un rabino en Jerusalén hace ya muchos años. Yo quería conocerla y me quedé asombrado ante el gran mercado religioso en que se había convertido la ciudad santa de las tres religiones: rosarios elaborados con huesos de aceitunas del Huerto de los Olivos, escapularios, medallas de todo tipo, reliquias de hasta lo inimaginable, y el Tsahal vigilando los Santos Lugares, pero, eso sí, que no se te ocurriera tocar una piedra del Muro de las Lamentaciones, porque creo que hasta agentes del Mosad había allí apostados para vigilarlo. La Vía Dolorosa posee más tiendas que la calle 52 de Nueva York y todas son de artículos religiosos. Leví Ben Gurión, que tal era el nombre del rabino, me regaló este pequeño ángel con la advertencia de que era el auténtico mensajero de Dios y que algún día lo vería actuar.
- ¡Dios mío, que hombre! Ya estás con tus fantasías. Venga, vámonos a la cama y allí me cuentas cosas más divertidas.
Eduardo miró otra vez al ángel y se retiró a dormir. No podía ni imaginar lo que ocurriría aquella noche...”

Pase y leanPasen y lean.